Celebramos la aparición de la edición española de La diferencia autística de Jean-Claude Maleval. Calificada con justeza, por Jacques-Alain Miller, de magnum opus, lo que aporta es “…tan rico y complejo, tan abundante y nuevo, que no cesará de nutrir abundantemente los debates.”
Precisamente a la responsabilidad que implica la tarea de su traducción se añade la especificidad de esta labor en el campo psicoanalítico, donde se requiere una consideración desde diferentes perspectivas a fin de captar su importancia y su dificultad. Esta operación acompaña la labor analítica desde sus inicios, es decir, desde que el joven neurólogo Sigmund Freud se interesara por la solución individual de los síntomas histéricos vinculándolos a una historia personal, a la familia y la cultura de quienes los padecían. Un principio de traducción regía pues, la lógica de la formación de los síntomas y era requerido en la operación de su tratamiento, posible gracias a una conquista en el saber subjetivo, resultante del acceso a los recuerdos reprimidos en el marco del dispositivo que permitía su paso a la palabra.
De entrada, Freud asimila el funcionamiento psíquico a un sistema de escritura. En la famosa carta Nº 52 a Fliess encontramos un primer esquema donde distingue los diferentes lugares de inscripción y reinscripción de las huellas mnémicas propios de nuestra memoria –compleja y múltiple-asimilando el inconsciente a un fallo en la traducción, ocasionado por el displacer que comportaría el acceso al pensamiento de su traducción exitosa.
La interpretación de los sueños, construidos en un lenguaje hasta entonces indescifrable como lo fueron, hasta Champollion, los jeroglíficos, hizo posible la deducción de la lógica que gobierna la transcripción o traducción de ideas (el contenido latente) en una lengua distinta que se sirve de la fusión y de la combinación dando lugar a un texto (el contenido manifiesto), análogo a un rébus, cuyo misterio se desvela gracias al decir del soñante. La lectura freudiana del material onírico hizo posible el acceso a la elucidación de otras formaciones del inconsciente (lapsus, olvidos, el chiste, los síntomas) anticipando los desarrollos de la lingüística estructural en cuanto a la deducción de las leyes que rigen la génesis de la significación dando lugar a la creación poética.
Cuando Lacan tomó a su cargo el timón del barco freudiano con el lema del retorno a Freud, fue impulsado por un claro designio, el retorno a la letra de Freud, advertido de las tropelías cometidas en la traducción de su obra, causa de desviaciones en la práctica. Sirva como ejemplo la distorsión que provocó en los lectores la sustitución del término alemán Trieb -pulsión- por instinto, traición[1] que también cometió la, entre otros aspectos, soberbia versión inglesa a la que James Strachey dedicó gran parte de su vida. La complejidad de la satisfacción de esos extraños animales que son presa de la palabra se organiza en una gramática pulsional inconsciente, en un circuito que nada tiene que ver con la necesidad, siendo su equiparación tributaria de un modelo animal que contamina las lecturas e interpretaciones.
El cuidado con el que Lacan lleva a cabo la lectura y por ende, la traducción de los conceptos freudianos constituye una guía para formar espíritus, incluso cuando decide conservar el término alemán, incitándonos a cuidar su filiación como en el caso de las operaciones Verwefung (forclusión) Versagung (frustración) Verdrängung (represión) Verneinung (denegación) Verleugnung (renegación) nos enseña el valor de lo intraducible que se aloja, en ese caso, en cada concepto gracias al prefijo Ver, modalidades de la negación que proporcionan una ubicación del sujeto en el lenguaje.
Otro caso ejemplar de traición lo constituye la traducción del axioma freudiano: Wo Es war, soll Ich werden sobre el que Lacan vuelve una y otra vez para ilustrar hasta qué punto pudo incidir la ideología en los managers de almas que propugnaron un “psicoanálisis del yo” a partir de una interpretación psicologizante de la segunda tópica freudiana, pretendiendo que la labor terapéutica debía orientarse a la adaptación a la realidad, y dejando de lado el incómodo inconsciente. Así se llegó a traducir “El yo debe desalojar al Ello”. Lacan nos brinda una versión acorde con los principios que orientan la experiencia del análisis: Allí donde Ello era, yo (Ich) debo – en sentido ético- advenir al ser.
En el caso del pronombre Ich, -yo- Lacan destaca, al mantener el término alemán, la diferencia necesaria entre el Yo de la enunciación (Je) y el yo imaginario (moi) que posibilita la lengua francesa dando lugar a la construcción de una tópica de lo imaginario muy precisa, y una articulación de la función pronominal a la existencia del inconsciente.
Lo expuesto anteriormente invita a interesarse por la labor de traducción como una tarea de lectura que supone, además del conocimiento de la lengua en la que el texto ha surgido otra serie de factores que intervienen en esa operación, tales como los usos, la etimología, el contexto, pero, fundamentalmente, el discurso en el que se lleva a cabo, entendiendo que lo sepa o no, cada traductor no es agente sino súbdito de un discurso que habita y condiciona su interpretación, es decir, sus elecciones y decisiones.
Si Lacan nos enseñó a leer a Freud al pie de la letra, fue porque logró desentrañar el alcance de la armazón conceptual en la que el inventor del psicoanálisis sustentaba su práctica, sometida a una revisión constante a partir de los enigmas que aportaba la experiencia, admitiendo sin trabas la provisionalidad de sus hallazgos. Lacan no escatimó los medios requeridos para traducir correctamente la obra freudiana y colocarla a la altura de su época. Su enseñanza refleja ese trabajo incesante que posibilitó ir más allá de Freud y ofrecer una versión lacaniana del inconsciente ampliando las fronteras de la clínica. Tomar la distancia correcta del texto permite otorgar todo su valor a la escritura del autor, esto es, a los conceptos en que funda su aportación, supone saber leer, y hace posible alejarse de la literalidad lo suficiente a fin de contemplar, también, un factor esencial: lo intraducible, esto es, los tesoros y limitaciones de la lengua receptora y el factor personal del traductor, a todas luces, insoslayable. A sabiendas de que no existe la traducción perfecta, la consideración de ambos factores nos advierte ante inevitables riesgos, poniendo a raya los fantasmas que rigen las interpretaciones, al beneficiarse también de los principios lógicos que impone la estructura del lenguaje y salvaguarda de las ideologías, porque permite contemplar y tratar con la equivocidad inherente a las lenguas que hablamos. Traducir, entonces, requiere también, parafraseando a Jacques-Alain Miller, Un esfuerzo de poesía.
En nuestro trabajo de revisión de la traducción de La diferencia autística nos hemos orientado por estos principios lacanianos, conservando el término parlêtre en su lengua original, imposible de traducir al español al reunir, gracias a la homofonía, parler y être y entendiendo que “ser hablante” no se ajusta al concepto, como tampoco incorpora la resonancia de lêttre (letra). Hemos conservado la escritura de lalengua, que debemos a Lacan y adquiere una especial relevancia en el tratado de Maleval.
También hemos tenido especial cuidado en la traducción de Je y moi según la diferenciación que hace posible el francés al distinguir el pronombre de la primera persona del singular, según se refiera al Yo de la enunciación o al yo como identificación imaginaria. Por supuesto, hemos contemplado la precisión conceptual que requieren algunos términos como, por ejemplo, el de forclusión.
Pero hemos encontrado dos escollos que merecen un comentario más extenso debido a la importancia fundamental que supone su traducción en las hipótesis que Maleval aporta como sustento del ordenamiento y estructuración de los fenómenos siguiendo la más estricta observancia freudiana, esto es, partiendo de los testimonios y decires de los propios autistas, de su entorno y de la clínica, sin imponer un saber ajeno sobre la naturaleza del autismo, y tomando como brújula su experiencia subjetiva, sus vivencias.
En primer lugar, el par “congelación- descongelación” –géler y dégel en francés- Maleval se apoya en una afirmación de Lacan que encontramos, junto a otras perlas, en su Conferencia de Ginebra sobre el síntoma: “en el autista algo se congela”.
La consideración del llamado espectro autista supone un abanico en uno de cuyos extremos se sitúan los autistas severos, que no hablan y son particularmente dependientes y, en el otro extremo, los de alto nivel o Aspies, quienes, teniendo un acceso a la palabra, pueden llegar a una existencia autónoma, algunos son calificados de “invisibles”. El elemento común es, según las palabras de Donna Williams citadas por Maleval, el combate por (no contra) la separación entre el intelecto y las emociones, raíz del congelamiento de los afectos (gel des affects), de su bloqueo, su suspensión o su inmovilización. Las diferentes acepciones del verbo transitivo gelér destacan el elemento activo, indicador de un trabajo subjetivo sostenido, si bien no se trata, evidentemente, de una opción voluntaria sino de la modalidad de su defensa que se les impone ante la angustia y el caos.
Su antónimo dégeler -descongelar-, permite cernir los modos en que cesa el combate del autista de alto nivel contra los afectos. Maleval despliega con sumo detalle lo que denomina clínica del descongelamiento como un cambio, una mutación subjetiva que se verifica en su sentimiento de sí, en la toma de decisiones, en la aprehensión de su cuerpo, en su inserción social gracias al cambio que experimenta en la lengua, bien sea verbosa, reacia al intercambio, o lengua de signos, codificada y desvitalizada, que le permite la comunicación.
Encontramos tres razones añadidas para la traducción que hemos escogido: en la exclamación de Joey, citado por Maleval, ante la expresión incontrolada de sus sentimientos: “Il faut que je gèle” (es preciso que yo[los] congele). En el texto de Donna Williams: “Hay dos maneras de ser nadie en ningún lugar. Una es congelarse y ser incapaz de hacer nada espontáneamente por ti mismo.”[2]
Y en el clamor de Birger Sellin:
“Haced del canto vuestro himno
Descongelad los helados muros
Y luchad contra la marginación”[3]
El segundo escollo es relativo al término Un-tout-seul que hemos traducido como Uno solo. Esta noción forma parte de lo que conocemos como la última enseñanza de Lacan. Hasta entonces la concepción del sujeto se vinculaba a su existencia en el lenguaje y la palabra, producto de dos operaciones, -la alienación y la separación- que toman en cuenta la función de las identificaciones formadoras, además de la articulación gramatical de las pulsiones (oral, anal, escópica e invocante).
El enclave del sujeto en el discurso lo proporciona la función del significante unario (S1), cifra de la identificación primordial que inaugura su repetición, su enlace y articulación con los demás significantes (S2) suministrando un sentido a nuestras acciones. Tal es, en resumen, el funcionamiento del inconsciente donde se organiza y se teje nuestra existencia en la palabra; el par S1-S2 resume el axioma lacaniano: el significante representa al sujeto para otro significante. Maleval propone que el congelamiento afecta al S1, estado que se revela en el rechazo de sus consecuencias, de su expresión verbal, sintomática y corporal e impide, por lo tanto, su lazo con el Otro, el S2.
El Uno solo, como su nombre lo indica, no hace par, no se enlaza a otros significantes en la producción del sentido; se distingue, por lo tanto, del S1 congelado que Maleval propone como vinculado a una alienación retenida, fija.
El Uno solo atañe a la marca real del significante sobre el cuerpo, una escritura que se reitera, y su presencia se verifica en los soliloquios de la lengua verbosa de los autistas, donde hallamos una yuxtaposición de S1 solos que aportan solitarias satisfacciones, prescindiendo de los intercambios en la lengua del Otro.
Vale la pena recordar que Jacques-Alain Miller propuso el autismo como el estado nativo del sujeto, previo al enlace con la alteridad que supone la palabra y su determinación por el inconsciente freudiano, estructurado como un lenguaje, según el axioma de Lacan.
En cambio, la noción de Uno solo se vincula a lalengua; la cual, preñada de goces solitarios, porta la diferencia absoluta, prescinde de la gramática y nos acerca a una concepción del inconsciente real que Lacan nombró Une bévue, y se suele traducir por “una equivocación”, aludiendo al carácter fallido que porta todo significante y que nos convierte en seres huecos, sin posibilidad de apresar una esencia identitaria en el conjunto de atributos que predicamos sobre nuestro ser pero que, a la vez, nos proporciona las opciones creadoras que se derivan de esa misma condición, una existencia en tanto parlêtres distinguida por nuestro decir y nuestro nombre propio.
Miller precisa que en el caso de une-bévue no se trata de una traducción por parte de Lacan, sino de “un intercambio, de una palabra puesta en lugar de otra a partir de una asonancia”[4]: Unbewust es el término alemán que designa el inconsciente y que, desde esta perspectiva, abre a la experiencia del psicoanálisis más allá del sentido, clave en la clínica del autismo.
Vilma Coccoz.
Texto incluido en la versión española del libro La diferencia autística de Jean-Claude Maleval. Ediciones Grama. Buenos Aires. 2025
Imagen: Molly Dunn.
[1] Traición es el calificativo de Lacan al valorar la traducción que realizó Baudelaire de La carta robada –The purloined letter de Poe, texto elegido para inaugurar sus Escritos en el que despliega las razones de su crítica y nos enseña a valorar otros aspectos esenciales de esta delicada operación.
[2] “La otra es ser capaz de hacer cualquier cosa basándose en un repertorio de información, copiada en espejo y almacenada sin ninguna conciencia ca de uno mismo, pero ser virtualmente incapaz de hacer cosas complejas de modo consciente.”D.Williams, Alguien en algún lugar. NE.E.D ediciones. Barcelona.2012. p. 60
[3] B.Sellin, Quiero dejar de ser un dentrodemí. Galaxia Gutemberg. Círculo de lectores. Barcelona. 2011. P.188
[4] J.A. Miller, El ultimísimo Lacan. Paidós. Buenos Aires.2013. p.142
