Lacan advierte ante el uso impropio del predicado “humano” cuando se refiere al acto. En el seminario XV lleva a cabo una distinción muy precisa, no sólo entre el acto y el hacer, también entre acto y pensamiento, hasta discernir la especificidad del acto analítico, su lógica.
Años más tarde, en el momento de la Disolución de su EFP dictó algunas clases en donde analizaba la situación. El día 15 de enero de 1980, su valoración es sorprendente: “el analista tiene horror del acto, lo niega, lo deniega, lo reniega” ¿Por qué dice “horror” y no, por ejemplo, terror? Mariano Arnal nos da una pista que permite valorar la elección de Lacan por este término: conviene distinguir, dice, entre terror y horror, dos términos que se intercambian impropiamente. “Hablamos de películas de terror, cuando sería más propio llamarlas de horror. La clave de la diferencia de significado de ambas palabras, está en el sujeto. El verbo horrorizar no solamente admite la forma reflexiva (horrorizarse), sino que incluso es ésta la más frecuente (…). Con el terror ocurre de otro modo: no existen las formas reflexivas de aterrar o aterrorizar, porque es siempre otro el que produce el terror, y uno el que lo padece. No se dice “yo me aterro”, o “yo me aterrorizo”, sino “me aterra tal cosa”, “me aterra sólo el pensarlo”, “estoy aterrorizado (mejor aterrado). El terror viene siempre de fuera; el horror nace en uno mismo, se genera dentro de uno como consecuencia de algo horrible. El diccionario da una definición inequívoca para horror: dice que es un movimiento del alma causado por una cosa terrible y espantosa. Es una reacción anímica, (…) la respuesta del individuo a un estímulo externo.”[1] La RAE incluye en tal respuesta el asombro; entendemos que el horror al que se refiere Lacan es frente a lo real.
De hecho, en la tradición occidental, la raigambre del Horror vacui parte de la Física de Aristóteles, cuando afirma que “la Naturaleza tiene horror del vacío”, una premisa que se mantuvo, de una manera u otra hasta el giro que tuvo lugar durante el siglo XVI, cuando Torricelli, alumno de Galileo, demostró la existencia del vacío en un famoso experimento. Así se inauguraba la operatividad del discurso de la ciencia en lo real siendo desplazado el Horror vacui hasta quedar circunscrita esta noción a la Historia del arte y la arquitectura, donde se utiliza para describir la profusión de ornato y detalles, la ausencia de espacios blancos o libres, características, entre otras, en la decoración de La Alhambra, en la pintura barroca, y más aún, en el arte del período rococó.
Surge entonces la pregunta de si Lacan, advertido sin duda de este recorrido, y tomando en consideración el surgimiento del psicoanálisis como efecto del discurso de la ciencia, lleva a cabo, en su valoración, una homologación del Horror actum, propio del campo analítico, al Horror vacui que pesó durante tantos siglos en la elaboración de la episteme previa al despuntar de la ciencia en sentido moderno, gracias a la emergencia del sujeto cartesiano. Si nos inclinamos por esta lectura, es por tener en cuenta que lo real de la ciencia difiere de lo real del psicoanálisis y por ende, el saber analítico se distingue del científico.
En concreto, el real al que se enfrenta el acto analítico es señalado a través de otro tipo de horror, mencionado en su seminario del mismo día, el 15 de enero de 1980, al referirse a un relato de Alphonse Allais, -titulado Un drama muy parisino- en el que una pareja, fruto de un matrimonio de conveniencia, padecía y generaba, en un eterno malentendido, un sinfín de violencias: “Por un sí, por un no, ¡crac! Un plato roto, una bofetada, una patada en el trasero.” Entonces el Amor huía de esos ruidos hasta reaparecer en la tierna reconciliación. Ambos suspicaces respecto a posibles amantes respectivos, se espetaban uno al otro amenazas y juramentos. Un día reciben, cada uno por separado, una invitación a asistir a un baile de disfraces, en la que se confiaba a cada uno el secreto del disfraz del otro. Ambos inventaron una excusa para disfrutar de la intriga y asistieron a la velada cumpliendo con los requisitos, bien disimulados en sus trajes. Después de un largo rato él la invitó a cenar; previo a ordenar la comida, la condujo a un apartado mientras se despojaba de su disfraz. Ella hizo lo propio con el suyo. ¡Horror! no era él, pero tampoco era ella… Despojados de los semblantes, se revela la ausencia de relación.
Si, siguiendo a Miller, ponemos en conexión ambos horrores, el horror del acto es el referido a la caída de los semblantes, en el caso que nos ocupa, del Sujeto supuesto saber, cuyo semblante enmascara, obtura, cubre lo real de la ausencia de diálogo, de “relación analítica”, en correspondencia con la lógica que sustenta la operación, esto es, la ausencia de escritura de la relación sexual, frente a lo cual cada uno puede ser captado como un Uno absoluto, es decir, separado. Si se considera el inconsciente como discurso de los otros, del Otro, es un principio de simpatía, afirma Miller, y el analista mismo se torna familiar[2]. En cambio, en la clínica del sinthome se trata de enfocar la práctica hacia la diferencia absoluta del Uno, el analista opera esquilando la transferencia, hasta revelar el aspecto inhumano de su operación: no es un objeto a sino que opera en tanto “objeto a cuyo rol es ser falta y distancia, no mediación.”[3]
Ninguna satisfacción le es concedida a quien asume, en cada acto, su riesgo. Alea jacta est, aunque el retorno, si dio en el clavo, le reporte la alegría del acto ético, según las precisas palabras de Virginio Baio.
Vilma Coccoz.
[1] wwwelalmanque.com
[2] J.A.Miller, El ultimísimo Lacan. Paidós.2013. p.137/9
[3] J. Lacan. Seminaire XV L’Acte psychanalytique. Seuil. Paris. 2024.p.299
