El mal de la juventud

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Cada día aparecen en los medios de comunicación noticias relativas a sucesos de violencia, a la adicción cada vez más temprana a la pornografía y alertas acerca de la creciente tasa de suicidios; a ello se añaden notas de advertencia respecto al deterioro de la salud mental de los jóvenes.  Este clima parece justificar el éxito viral de la serie El adolescente, suscitando un sinfín de reacciones y comentarios con el fin de sensibilizar a los adultos respecto de este problema acuciante que apunta, como causa fundamental, a la dependencia de las pantallas, e induce a cierta demonización de los jóvenes debido al uso nocivo de los objetos tecnológicos. Ya ha comenzado a hacerse oír el clamor para obtener la prohibición de su uso.

Vale la pena recordar que en Múltiple interés del psicoanálisis Freud reconocía la utilidad de este nuevo saber sobre la subjetividad, el analítico, para diversas disciplinas que, de una manera u otra se ocupan de tales asuntos -la filosofía, la filología, la biología, la historia de la civilización, la historia de la evolución, la sociología, la Estética- y más allá del estricto campo de la clínica.  En cuanto a la pedagogía, su interés es máximo, dice, si se piensa que solo los educadores pueden infundirse o compenetrarse con el alma infantil. Porque, asevera, si los adultos no comprendemos a los niños, se debe a que hemos dejado de comprender nuestra propia infancia, como lo prueba la amnesia infantil: de nuestros primeros años apenas conservamos retazos, que él bautizó como “recuerdos encubridores.” Tal amnesia juega un papel fundamental en el descuido de un “factor de importancia inapreciable”, el de la sexualidad infantil -el campo del goce- en sus exteriorizaciones corporales y anímicas.

Parece muy oportuno, a la hora de explorar el tema que nos ocupa, retomar esta invitación freudiana formulada a los educadores, la de familiarizarse con los resultados del psicoanálisis a fin de no correr el peligro de exagerar la importancia de las mociones pulsionales, “socialmente inservibles o perversas que afloran en la infancia.” Al contrario, afirma, “…se guardarán de toda tentativa de yugularlas porque habrán comprendido que tal procedimiento de influjo que implica el rechazo (…) puede llegar a producir resultados tan indeseables como la pasividad ante la perversión infantil, tan temida por los propios educadores (…) la severidad inoportuna conlleva la pérdida de capacidad de rendimiento y goce que se pretende con la conquista de la normalidad exigida.”[2]

Es un verdadero manifiesto de Freud destinado a poner en tela de juicio la educación de su época, pero que en lo esencial podemos trasladar a la nuestra, porque incita a preguntarse qué idea se tiene de los niños – y de los adolescentes- cuando se implantan no solo políticas educativas severas, sino cuando se reclama la ley en las aulas, como ocurre en muchos casos, con la activación de ciertos protocolos.  En la conclusión del texto Freud destaca los descubrimientos esenciales que debemos al psicoanálisis respecto a la complicada incorporación a la cultura, de un gran calado ético:  las contribuciones a la formación del carácter y a la sublimación, es decir, de aquello que afecta al campo de nuestras virtudes, todo ello, asegura, parte de las peores disposiciones. “La educación debería guardarse mucho, de desdeñar esas preciosas fuentes de fuerza y limitarse a promover los procesos que las orientan por el buen camino.”[3] Freud aboga así por una pedagogía esclarecida por el psicoanálisis, por una educación freudiana.

Desde esta perspectiva el recorrido subjetivo de inclusión en el lazo social durante la experiencia de la infancia supone tomar en cuenta la distinción, que debemos a Jacques-Alain Miller, de los niños como seres de goce y como seres de saber, “un saber auténtico que merece ser respetado”[4] , y requiere examinar entonces el “arranque bifásico de la sexualidad, característica exclusiva del género Homo”[5] y sus consecuencias; e implica, por lo tanto, una consideración de los niños no solo como “sujetos a educar.”[6]

Según los avances de Freud en Tres ensayos para una teoría sexual, el pensamiento del niño, la curiosidad infantil, no despierta espontáneamente: “Intereses prácticos, y no sólo teóricos, son los que ponen en marcha en el niño la obra de la labor investigadora.”[7] El impulso a ocuparse surge, bajo “el aguijón de la amenaza a sus condiciones de existencia[8], debida a la aparición real o sospechada de un hermano y el temor a las consecuencias que pueda acarrear tal suceso le llevan a meditar sobre el enigma de la procedencia de los niños; en un principio no se ocupa de la diferencia de los sexos, la cual es aceptada sin resistencia ni sospecha alguna.”[9]  Esta manera de enfocar el origen del pensamiento, como una respuesta ante “el primer y magno problema de la vida” le confiere un alcance existencial y muy profundo, de hecho, las respuestas que obtiene de los adultos no satisfacen en absoluto a los pequeños. Y con razón, la pregunta por el origen anuda lo irrepresentable de la vida, de la muerte y la sexualidad: “¿Por qué está ahí? ¿De dónde ha salido? Pero también, respecto al Otro, a su deseo: “¿puede perderme? ¿qué valor tengo para él, para ella?”

En la búsqueda de respuesta a estos enigmas el sujeto “pone el cuerpo”, como lo demuestran las Teorías sexuales infantiles; se comprueba que éstas resisten a cualquier “ilustración objetiva” y cualquiera que pretenda ejercer su autoridad intentando desmentirlas se erigirá como la figura de un impostor.[10]  No son fruto del capricho, insiste Freud, cada una de ellas contiene “una parte de verdad” por vincularse a las pulsiones, a esa dimensión opaca de la subjetividad, pero vinculada a una satisfacción real, libidinal, razón por la cual el sujeto adhiere a ellas de manera tenaz. El pensamiento no es neutro, ni el resultado de un conocimiento  objetivo del mundo; Lacan, retomando el axioma aristotélico según el cual “el hombre piensa con su alma” ofrece la versión analítica: “el hombre piensa con su objeto”[11] destacando un plus, un añadido pulsional a las representaciones.

Freud equipara las teorías infantiles a las “geniales” construcciones de los adultos como tentativas para resolver los problemas universales que desafían el pensamiento y cuyo “eco puede hacerse sentir en los enigmas que nos plantean los mitos y leyendas.” Aunque admite que los empeños de la investigación infantil tan valiosos por una parte son, sin embargo, infructuosos, porque topan con una imposibilidad -la ausencia de la representación de la relación sexual-[12], un impasse que condiciona su “fracaso típico.” No obstante, deja claro que la importancia subjetiva de este recorrido no puede minimizarse, de hecho, luego del primer desengaño que sufre el pequeño por parte de los adultos de confianza -a quienes inicialmente formula sus preguntas-, su pesquisa es llevada a cabo “solitariamente y constituye el primer paso del niño hacia su orientación independiente en el mundo…”[13]

Su fracaso no es imputable a su inteligencia sino a algo “radicalmente inasimilable” en lo simbólico: “…la existencia singular del sujeto sencillamente”[14], que comporta una falla estructural bautizada por Lacan “falta-en-ser” y que asimila al deseo, la esencia misma del hombre, en palabras de Spinoza. Por este motivo, el auténtico “trauma de nacimiento” es el nacimiento de la subjetividad en el campo del lenguaje, donde se revela la “doble vida” del ser humano: a diferencia del animal, su ser no puede identificarse al cuerpo, su advenimiento en la dimensión del lenguaje y la palabra inaugura una dimensión más allá de la vida biológica, esto es, la vida como hablante, al recibir, a la vez, la impronta, el anticipo de la “segunda muerte” que se materializa en la sepultura individualizando la muerte biológica.[15]  Así se anudan, para cada ser hablante, ser-para-la-muerte y el ser-para-el sexo cuya versión tebana evoca Freud al referirse al Enigma de la Esfinge, conformándose una matriz infantil del deseo que será considerada por Lacan como “una especie pubertad psicológica[16]” y que el caso Juanito de Freud ilustra claramente.

La agitada época de la pubertad

Una conmoción sacude la solución existencial que el sujeto había conseguido elaborar en el curso de su recorrido infantil hasta la conclusión que da paso al período de latencia. Freud asimila la pubertad a “la perforación de un túnel comenzada por ambos extremos simultáneamente”[17] precipitado por un encuentro traumático, real, con dos huecos: uno afecta a su modo de habitar la palabra, condicionada hasta entonces por sus identificaciones infantiles, y el otro concierne al cuerpo, merced a la exigencia de declararse sexuado y al encuentro con la imposibilidad de escribir una relación entre los sexos.  La eclosión de la pubertad debe considerarse entonces como una “crisis pulsional” impulsando una metamorfosis, una transformación cuya lógica el poeta Rimbaud resumió con una expresión muy bella: “una búsqueda del lugar y la fórmula”, y que Philippe Lacadée asimila a “la construcción y la invención por parte del sujeto de su respuesta singular.”[18]

Esta forma de leer los signos de esta escansión en la historia subjetiva que propone Lacadée hace posible una interpretación muy diferente de ciertos avatares de la adolescencia a la vez que orienta nuestra clínica, como es el caso de las frecuentes fugas y errancias, que testimonian del exilio experimentado con crudeza por muchos jóvenes, y se vinculan a “la intrusión de un vacío que hace temblar el lugar conquistado hasta el momento”. Se impone entonces una ardua tarea de reconfiguración del narcisismo ( Miller) tomando como apoyo  la función del “Ideal del yo, concebido como un punto de capitón que estabiliza el sentimiento de la vida, otorgando al sujeto un lugar en el Otro y su fórmula.”[19]

El adolescente trabaja en pos de construir un nuevo lugar y por lo tanto, un decir nuevo que implica un nuevo lazo con los demás e incluye la posibilidad de encuentro sexual entre los cuerpos desde la conquista de un semblante sexuado. Y ello a partir de la confrontación con lo real de la libido (que no se reduce a lo real biológico) y que podemos nombrar, con Freud, como un efecto de la “desintrincación pulsional”, con las tentativas y tentaciones teñidas de la pulsión de muerte y sus excesos, exacerbados en nuestros tiempos, en los que los objetos de goce han colonizado el lugar del Ideal.[20]

Es conveniente precisar en este punto, que la pulsión de vida y la pulsión de muerte no van cada una por su lado, como si el mal y el bien pudieran diferenciarse absolutamente, en tanto polos opuestos, Eros y Thanatos trabajan juntos en el circuito del que se desprende la satisfacción, en gran medida inconsciente, de las pulsiones, la diferencia se establece a partir de los caminos que se recorren en esa búsqueda, si se orienta por el deseo o si, al contrario, comportan un empuje hacia la autodestrucción.

Si Lacan llegó a enunciar que toda pulsión es pulsión de muerte, algo que Freud mismo había apuntado al decir que no se podía adjudicar al Ello -reserva de las pulsiones- ningún afán por la conservación de la vida es debido, sobre todo, a la injerencia de un masoquismo primordial propio de nuestra condición, de nuestra humanización.[21] De ahí que sea preciso contemplar este aspecto, en los excesos de la pulsión de muerte cuando se manifiesta en en los acting-outs y pasajes al acto que arrecian en esa época de la vida, la “más delicada de las transiciones” como la llamó Víctor Hugo, un tiempo proclive a la tentación suicida, como lo indica que sea la primera causa de muerte entre los jóvenes.  El encuentro con lo real, es decir, con los dos huecos, uno afectando a la palabra y el otro a la elección sexuada impone la construcción de un nuevo lugar desde donde verse como amable, y recibir la consideración y el respeto por su nuevo modo de habitar la palabra y los semblantes.[22]

El acoso como fenómeno social

Respecto a la cuestión del acoso tal y como se presenta actualmente, tiene mucho interés el libro titulado C’est compliqué, Les vies numériques des adolescents, cuya autora, danah boyd (escrito en minúscula)[23] lleva a cabo un estudio etnológico, antropológico, sociológico de las peculiaridades de la vida online -a distinguir de la vida onlife– y su incidencia en los adolescentes. Fue publicado por la Universidad de Yale y es el resultado de una investigación sostenida durante muchos años, abarcando de norte a sur el territorio de los Estados Unidos y su amplio espectro de condiciones sociales y económicas, incluyendo sus comunidades étnicas.  Todo ello con el propósito de llevar a cabo una exploración lo más exhaustiva posible, teniendo en consideración que la palabra de los jóvenes es raramente tenida en cuenta a la hora de construir un discurso público sobre sus vidas digitales.  

Su análisis parte de “la observación de las huellas digitales de los adolescentes, ya sea en las redes sociales, blogs y otros medios y se complementa con cientos de entrevistas así como de la observación de los jóvenes en numerosos lugares físicos, como escuelas, jardines públicos, centros comerciales, iglesias o restaurantes de fast-foods.”[24]  Danah boyd afirma haber hablado también con padres, educadores, bibliotecarios, pastores, curas y otras personas que trabajan con jóvenes.

El análisis fue realizado a partir de un principio que orienta su pesquisa: “más eso cambia, más se trata de la misma cosa”, esto es, una hipótesis de circularidad antropológica destinado a normalizar, incluso a justificar el hecho de “estar conectado” al incluirlo en la necesidad de encontrarse y socializar carácterísticas de esa época de la vida, aún si la autora debe admitir que, en tanto “…fenómeno cultural, las redes han transformado el ecosistema de información y de la comunicación.”[25] 

Desde siempre los adolescentes gastan mucha energía en buscar un lugar en la sociedad, lo que cambia, dice, es que el antiguo deseo por las relaciones sociales y la autonomía se expresa ahora en el seno de los espacios públicos en red[26], dando lugar, según B.Anderson, a una colección de individuos que sienten formar parte de una comunidad imaginada.[27]  Esta interesante precisión no le impide afirmar que los espacios públicos en red, construidos a partir de las tecnologías, cumplen globalmente las mismas funciones de encuentro que ofrecían los espacios públicos físicos, tales como los parques o los centros comerciales para las generaciones precedentes, al ofrecerles la posibilidad de considerarse a sí mismos como miembros de una comunidad más amplia. Algo que inquieta a los adultos, teniendo en cuenta que “sus intereses difieren de los jóvenes, según sus avances en su vida y sus experiencias. Mientras que los adolescentes se concentran en lo que significa participar de la vida pública, los adultos se interesan en lo que quiere decir estar en la red.”[28] Lo cual le lleva a afirmar a danah boyd que la angustia de los adultos, su temor ante las posibilidades de acoso, llega a comprometer la intimidad de los adolescentes, ocupados en construir un espacio propio y en el empeño de tener un control sobre su situación social, obligándoles a desarrollar estrategias innovadoras para proteger su vida privada en el seno de los espacios públicos en red.

Uno del los cometidos de este libro es relativizar la responsabilidad de las tecnologías como causantes de los males de la juventud actual, al punto de llegar a afirmar que los adolescentes no son adictos a los gadgets sino a la amistad, argumentando que los dispositivos les interesan solo en la medida en que les permiten realizar su objetivo, la socialización.  En ese sentido no es un dato menor el apunte de los cuatro elementos que diferencian los espacios digitales de los espacios públicos tradicionales, en primer lugar, la persistencia: lo que se dice va a perdurar; segundo, la visibilidad: la audiencia potencial que puede testimoniar de ello; tercero, la difusión: la facilidad para compartir contenido y cuarto, la búsqueda: la capacidad para reencontrar contenido[29]. Estas posibilidades registradas por boyd son propias del tercer entorno según la definición de Echeverría,[30] a diferencia de las que ofrecen los medios analógicos, las nuevas tecnologías permiten el registro y la manipulación de las interacciones que quedan registradas en las granjas de datos propiedad de los señores del aire, un aspecto esencial que solo es apuntado por boyd como una característica de estos medios en tanto canales de información[31], sin contemplar las consecuencias de la lógica capitalista a la que responde y que sin embargo, reconoce en el funcionamiento de la sociedad americana. Según boyd, ello no forma parte de los objetivos del libro, destinado sobre todo, a ilustrar a los adultos acerca del sentido de la vida en la era de las redes y así contribuir a desmontar “la cultura del miedo” que se cultiva en los medios a través de campañas que alertan, por ejemplo, ante los depredadores sexuales o ante el ciberacoso.

¿De qué recursos disponen los adolescentes para responder a esta exigencia nueva de estar en el mundo? ¿De qué modo los adolescentes se comunican, forman grupo a fin de hacerse ellos mismos con esta realidad parasitada por la mezquindad y la crueldad? Si bien boyd no confiesa haber leído a Freud, sorprende que califique muchos de los embrollos adolescentes, rumores, mentiras y maledicencias con los adjetivos con los que distinguió inicialmente a las pulsiones, como “crueles y egoístas” cuya incidencia advierte en el marco de una disputa por el poder propio de las sociedades individualistas.  Boyd intenta desentrañar el fenómeno del acoso, buscando contrarrestar la idea, que presume como un efecto de la impotencia, de la consigna “tolerancia cero” en boca de los adultos ante los hechos de violencia, con la pretensión de revelar la ignorancia que les empuja a condenarlos y penalizarlos, como si la única alternativa de resolverlos fuera la justicia.

A partir de verificar los modos en que los adolescentes intentan tomar distancia del control de los adultos, boyd llega a proponer tres factores que caracterizan el bulling o acoso: la agresión, la repetición y el desequilibrio de fuerzas.  Esta precisión permite relativizar, no tomar tan en serio muchas veces, ciertos comportamientos derivados de celos, rivalidades, desigualdades. Son los propios jóvenes, dice, quienes establecen una diferencia entre el sarcasmo o las bromas de una situación de acoso. Como fue el caso de una complicada relación planteada en un trío de amigos a partir de un momento en que el chico y la chica empezaron a reunirse con más frecuencia; el otro chico, en un arrebato de celos, se manifestó “mezquino y cruel”, empezó a hablar mal de la chica. El juicio de acoso se precipitó, pero, en realidad, la chica no quería denunciarle, ni pretendía que se tomaran medidas contra él, porque ella sabía de su condición de gay y de que, enterados sus padres, religiosos ortodoxos, caería sobre el chaval una condena muchísimo peor.

Esta “contextualización del acoso” propuesta por boyd implica tomar en consideración que, en muchas ocasiones, las cosas no son blanco-negro para los adolescenes y que lo importante es interesarse por estos problemas que ellos ni siquiera llegan a comentar con los adultos, utilizando sus códigos de protección, “códigos de deformación”, se las arreglan entre ellos ante la falta de confianza en los mayores. Algunas veces intentan poner en conocimiento del adulto el embarazo que les conmueve, aunque nunca de forma explícita, sino más bien a través de una pregunta al profesor del tipo “¿podría hacerle una pregunta sobre lo que dice sobre este tema la filosofía? Porque a mí igual me interesa estudiar filosofía”… Si los adultos saben escuchar esa demanda, podrán darse cuenta de que constituye un signo, un pedido de que le sea concedido un lugar, un lugar distinguido, auténticamente, a fin de solicitar su intervención. Entonces, eventualmente, el adulto tiene opción de ganarse la confianza y de promover un diálogo resolutivo.

Pero si ante la sospecha, lo primero que se hace es aplicar el protocolo, sin más, sin contextualización, no puede esperarse ningún efecto positivo, al contrario, se crean más dificultades en el grupo de los chicos, y problemas entre los profesores y los padres que puede derivar en una batalla campal. Pero no perdamos de vista que el estudio de boyd proviene de los Estados Unidos, aunque aporta el importante mensaje de proteger a los jóvenes, dotándoles de medios para comprender y actuar, de reforzar su resistencia al ayudarles a reconocer sus sufrimientos, todo ello se promueve desde el discurso del amo. “Soy yo, maestro, educador, padre… el que puede ayudarte, a quien puedes confiar tus sufrimientos. Así conseguiremos juntos reforzar tu autoestima y tu resistencia.” Estas consignas orientadas al empoderamiento se inspiran en la ideología cognitivo-conductual americana, una reedición del discurso del yo, del reforzamiento del yo que promovieron los baluartes del freudismo en EEUU, desvirtuando completamente la invención de Freud transformando la clínica psicoanalítica en una práctica de adaptación a la realidad. La clave de la solución, según boyd, es la resistencia y la empatía.

Lógica del acoso

Si hacemos equivaler empatía a reciprocidad, vale la pena retomar la crítica a esta noción de que Lacan formula en La lógica del fantasma[32], y a su supuesta conquista como un índice de madurez en el desarrollo psicológico. Se refiere Lacan a la obra de Robert Mussil Las tribulaciones del estudiante Torless[33] para señalar que la reciprocidad se ubica, en realidad, en la sala de profesores, que nada quieren saber de esa historia atroz, y que harían bien, -en lugar de preocuparse por los pretendidos estadios psicológicos hasta alcanzar la “maduración” vinculada a la conquista de reciprocidad del yo y el tú-, en estar atentos a las vías existenciales por las cuales los jóvenes acaban cautivos en los fantasmas de sus camaradas. ¿Por qué se produce tal consentimiento al maltrato al punto de que, en los casos extremos, el sujeto acabe auto-excluyéndose del mundo de los vivos?

Daniel Roy ofrece en su texto El acoso o el rechazo de la diferencia[34] una lectura de la lógica que lo sustenta, aunque se inclina por utilizar el término bullying, teniendo en cuenta la pertenencia del primero a un campo semántico inductor de una comprensión inmediata, enseguida se distinguen acosado y acosador, deslizándose hacia la duplicidad de víctima y verdugo.  El propone entonces distinguir tres participantes:

  •  el bully, o sea el acosador.
  •  el bullied , o  víctima.
  • y los bysatanders, son los testigos pasivos.

¿Cómo es posible que se mantenga el pacto de silencio? Habitualmente se constata el silencio sostenido por parte de quien lo sufre, y también por parte de los testigos, que asisten, presencian el maltrato sin decir nada. Se verifica entonces que se han roto las leyes de la palabra, el lazo con el discurso, donde alguien puede hablar a partir de su nombre propio, el otro puede responder, contradecir, dialogar, conversar.  Roto ese lazo, se impone el pacto de silencio. Roy considera que se produce bajo el imperio de una fuerza, algo en exceso, -en francés quelque chose en trop– que invade el espacio, que invade el cuerpo, y la mente, algo real que excede los poderes de la palabra.

El pretexto puede ser un rasgo, la marca de una diferencia, física, cultural, sexual, racial. Tomado ese rasgo por los pares, puede adquirir, en principio, un valor cómico, suscitando las bromas, las risas, pero después la situación se puede complicar y derivar a los insultos, las vejaciones y el maltrato. Roy distingue tres tiempos lógicos a los que añade el tiempo cero, el que precede a la intuición, por parte de los pares, de “algo que no va”, una fragilidad en el sujeto que va a soportar el escarnio. En el tiempo cero, se trata de un tiempo subjetivo que es posible reconstruir después, aprés-coup.

  • En el tiempo uno se produce un cifrado. Sucede en la atmósfera donde empiezan a destacarse distintos nombres entre los pares, así se van distinguiendo: “este es un pringado, esta es tonta, este otro un bobo, este otro un pijo, esta es guay, este es súper, este es un crack, esta es lideresa.” En todos esos “atributos” que los jóvenes usan para calificarse unos a otros, se produce lo que Roy denomina una “reconfiguración de las relaciones”, el terreno abonado para que alguien atrape un signo y haga uso de su fuerza para vituperar, para humillar, para acosar al señalado. Por supuesto se dan casos gravísimos en los que debe intervenir una instancia superior, más allá del colegio; pero, exeptuando esas situaciones extremas, se trata de explorar un fenómeno bastante habitual, en el día a día de la vida en el colegio o el instituto. Un rasgo que avergüenza, que el bullied no tiene claro, adquiere notoriedad en la escena pública, “su desesperación silenciosa confiere poder al bully, instaurándose un lazo social teratológico”. Porque, a la vez, se instala en los testigos un goce ante el incremento de la violencia, creyéndose ellos falsamente indemnes, la pulsión de muerte golpea, sin embargo, a cada uno.
  • En el tiempo dos, y felizmente, algunas veces ocurre la revuelta, cuando alguien, al menos un adulto, permite la rehabilitación de las leyes de la palabra a partir de ser informado por alguno de los implicados.
  •  En el tiempo tres, dos vías son posibles. O bien se apuesta porque el reconocimiento de las marcas distintivas de cada uno les posibilite ocupar su lugar, con su enunciación propia que restablezca el lazo y el retorno a la rutina de las clases, o se penaliza: expulsión de los culpables, desplazamiento de las víctimas. Los adultos de referencia estamos ante una elección de tal magnitud.

Se advierte la responsabilidad de los adultos ante tales situaciones, como ocurrió en el caso de Omar, un púber que había destacado en su infancia por su talento, por una capacidad excepcional para escribir y expresarse, haciendo gala de una elocuencia poco común. El, que había conquistado un lugar en el colegio tenía también sus amistades, se distinguía por ser un chico muy social, aunque prefería a quienes compartían sus afinidades, -especialista en manga y juegos de rol- se prestaba también a jugar partidos de fútbol, no era exactamente lo suyo, pero aceptaba el envite para estar con los demás. De pronto, unas chicas empezaron a reírse de él porque estaba gordito y porque detectaron que no se bañaba todos los días.  Entonces empezaron a circular los rumores, una cadena de cotilleos se fue formando hasta implicar a los chicos, que empezaron a burlarse y a tomarle el pelo, luego aparecieron los insultos, las humillaciones. Omar empezó a sentirse fatal a pesar de contar con el apoyo de dos amigos, ya no quería ir al colegio.  Siguiendo mi consejo, su madre solicitó una entrevista con la tutora para informar del sufrimiento de su hijo, inmediatamente los profesores ejecutaron el protocolo de bullying, generando una situación caótica dado que su aplicación requiere una vigilancia constante, ellos también sujetos a una mirada acusadora e incriminatoria por haberlo ignorado antes, creándose un malestar en la clase y en el claustro, cuyo efecto tóxico se convirtió en una amenaza para el conjunto.

Incapaces de tramitar la situación, los profesores, que atravesaban además una época complicada en cuanto a un cambio en la dirección y en los planes de estudios, ellos mismos acosados, impotentes para resolver de la buena manera esta crisis, tampoco estaban capacitados para generar confianza en la madre quien, finalmente decidió, de acuerdo con Omar, un cambio de colegio.  En esa ocasión y oficiando de “analista móvil”[35], me desplacé al centro elegido a fin de acordar una estrategia de recepción con el director y la tutora, y así proponer una colaboración, un trabajo entre varios  para facilitar una buena acogida a Omar, teniendo en cuenta que su distinción, su insignia se había perdido y con ello, los buenos resultados académicos. El no podía entrar a clase, tenía miedo, se pegaba a la madre, algo que también le ocurría en sesión, muchas veces, angustiado, solicitaba que ella le acompañara y hablara en su nombre, algo que por supuesto fue necesario admitir para que poco a poco fuera tomando la palabra. Pese al acuerdo que hicimos de contemplar una inclusión gradual a las clases, ese tiempo no fue respetado por parte de las autoridades escolares, y aun preso de una gran reticencia, Omar consiguió “superarse” y asistir siempre acompañado por su madre y sin integrarse al comedor. Inmediatamente estableció una relación exclusiva con un chico que funcionaba como un doble, pero al reiterarse el malestar con las chicas, con las que su flamante amigo tenía una notable ascendencia, se precipitó el pasaje al acto, ya no quería ni podía volver al colegio. Pero, en lugar de coordinarnos para diseñar una estrategia de inclusión a medida, esto es, teniendo en cuenta su singularidad y, por lo tanto, su ritmo, aplicaron la severa y tajante orden: tiene que venir a clase, y respetar las normas.

Entonces, lo que parecía al principio una buena acogida se transformó, otra vez, en punición: la institución escolar impone sus exigencias y finalmente, le quita su lugar al sujeto cuyo resultado fue el desencadenamiento de una fobia escolar, según el dictamen de la psicóloga del Departamento de Educación.  Fue necesaria la puesta en marcha del dispositivo de clases a domicilio, dispuesto para evitar el tener que repetir, hasta que, al final del curso, aceptó retornar a las clases. Fue necesario todo ese tiempo de  trabajo subjetivo para hacer posible esa decisión, Omar se había quedado sin lugar, sin un vínculo importante y creativo con la palabra y con el saber, solamente comparecía su ser de goce, un ser de goce mortífero, thanático, expuesto al insulto y la humillación de los demás. En ese movimiento desapareció su distinción como ser de saber. Fue preciso hacer un trabajo, también con los adultos, intentando despertar, en los profesores que venían a su casa, (y que muchas muchas veces se excedían en sus intervenciones), una sensibilidad freudiana ante un chico muy talentoso que colapsaba por momentos, no porque rechazara comprometerse en las tareas, no era vago ni caprichoso, su oposición a los dictámenes ciegos constituye un rasgo de estructura, de donde la importancia de respetar una orientación clínica.  Cierto es que la madre de Omar, separada desde hacía años del padre – quien se implicó raramente en esta operación- ofició de puente para construir un tejido simbólico, con el propósito de colaborar entre los implicados, y propiciar la vuelta de su hijo a las clases.

Malestar en las aulas

Es evidente que los adultos no están a salvo de lo que Lacan definió como jalouissance, el goce celoso, la rivalidad, las envidias y murmuraciones que intoxican sus propios lazos en el claustro de profesores y en los círculos de los que forman parte en su comunidad, siendo este el factor fundamental acerca del que debemos estar advertidos, -el goce dañino que tiñe los vínculos humanos del que los adultos deben responsabilizarse en la convivencia con los jóvenes. Es este principio ético el que define la adultez y no los años, ni el oficio, de hecho Lacan se refería con ironía a los “adulterados.” Si se dispone de una perspectiva correcta, que admita también este factor pulsional, es posible tratar los hechos de violencia en las aulas de una manera diferente, más precisa y eficaz.

El malestar en las aulas nos enseña acerca de la importancia de que los educadores eviten tomar partido de forma apresurada, procurando desentrañar la lógica que está operando, en vistas a pergeñar una solución que posibilite reparar el lazo social dañado. Hasta entonces conviene no esgrimir juicios condenatorios, apostando porque muchas de estas situaciones de acoso puedan resolverse en el marco de las clases, mediante una conversación, como fue el caso en el que la maestra tuvo la idea de poner a sus alumnos a trabajar sobre el tema del acoso, distribuyendo tareas y organizando la discusión, en el marco de la cual pudo saberse que el acosador había sido, anteriormente, acosado. El problema de la penalización es que, en ocasiones, la ruptura de las leyes de la palabra se instala,  generando un malestar irresoluble, también en los profesores, debido a su propia impotencia, como se comprueba cuando las acciones se orientan sólo por el discurso del amo, sustentado en la jerarquía y las normas ciegas. Es conveniente partir de una interrogación, de un auténtico interés por lo que ocurre, sin precipitarse a una intervención inmediata, hace falta dar un tiempo, porque de ello depende la buena resolución del problema. La judicialización de la educación, la intervención de otras instancias, la activación de protocolos, la exigencia de presentar informes, son factores que están incidiendo muy negativamente, también en los docentes, en perjuicio de lo que antes se consideraba la vocación del educador, esto es, su deseo.

En muchos casos se les empuja a convertirse en gestores burócratas, condenados a organizar una secuenciación rígida de los contenidos educativos según una estricta planificación curricular. Este sometimiento a un saber impuesto, a una rutinaria “exposición de contenidos” compromete su propio deseo de saber y de transmisión pues se les niega su enunciación, el factor personal, cuya impronta, al no ser apreciada, ocasiona el malestar de los docentes, y se comprueba por las frecuentes bajas por depresión y por la dimisión de su noble tarea ante lo que experimentan como un fracaso.  

El lugar de los propios educadores peligra con todas las medidas protocolarias, que provienen de la industria de la psicología americana; de la misma manera que introdujeron en los años 50 la psicometría, después pusieron en marcha el mercado de la psicología y la pedagogía cognitivo-conductual, a lo que ha venido a añadirse la neuro-pedagogía. ¡Son ellos, los educadores, acosados por la institución también! Supervisados y vigilados por lo que Gerard Wacjmann denomina “El ojo absoluto” que se materializa en la llamada inteligencia artificial, productora de un saber inerte que organizan los algoritmos. Lacan lo anticipó como una de los aspectos del malestar en la cultura en su Seminario de la Ética, al anunciar una nueva forma del superyó: “En el punto de nuestra ciencia al que hemos llegado […] una actualización del imperativo kantiano podría expresarse así, empleando el lenguaje de la electrónica y de la automatización: Actúa de tal suerte que tu acción siempre pueda ser programada.”[36]

Conclusión

En una conferencia dictada en Milán en 1972[37] llegó a decir que el mal de la juventud podría llegar a convertirse en un discurso, es decir, en una modalidad de lazo social; de hecho, algunos fenómenos de masa, muchos de los cuales se organizan en las redes llamadas sociales cristalizan en una “socialización sintomática”[38]: adicciones, escarificaciones, delincuencia, suicidios en serie, anorexia-bulimia, acoso… Precisamente, Miller propuso analizar ciertos fenómenos grupales que tienen lugar en la actualidad desde el punto de vista de “una nueva alianza entre la identificación y la pulsión.” Ello supone contemplar, además, que la búsqueda del lugar y la fórmula crea las condiciones permeables para la inmixión del adulto, aunque en nuestros tiempos la identificación no se anuda frecuentemente al Ideal del yo como sí ocurrió en el caso Gide, donde Lacan pudo localizar el efecto temprano de la responsabilidad por el cuidado de otro, en ese caso, su prima. Actualmente, tal inmixión se vincula sobre todo a las pulsiones, al punto de que el mercado literario ha celebrado el gran negocio del género New adult, donde proliferan la violencia y el sexo.

Si pretendemos dar una respuesta al sufrimiento de los jóvenes debemos distinguir los diversos factores en juego en la época que estamos atravesando, especialmente la coyuntura actual del capitalismo, cuando el saber y la investigación se miden por un cálculo de beneficios, sometiendo toda posibilidad de invención a la dictadura de lo útil (Miller). A ello se añade el tecnocapitalismo[39], es decir, el nuevo imperio de la información y la comunicación, que ha conseguido instalar una “disyunción entre la juventud y el saber en tanto transmitido.”[40]  Teniendo en cuenta que la conquista del saber se vincula estructuralmente al deseo del Otro, el hecho de su acceso fácil e inmediato, el tenerlo a su disposición, “en el bolsillo”[41] gracias a los gadgets y a la IA, no ha de extrañarnos que los docentes se encuentren sin brújula, sin un lugar de enunciación singular desde el cual sostener su enseñanza  y su ejemplo, siendo presos por lo tanto, de un grave desconcierto. Desde ese punto de vista, ambos, docentes y alumnos, participan de la misma situación que las tecnologías imponen, la de ser siervos digitales, despojados de su condición de ciudadanos.[42]

Frente a este panorama, el psicoanálisis de orientación lacaniana nos suministra los medios para estar a la altura de los tiempos que vivimos, pudiendo contribuir así a la protección y salvamento de la subjetividad, cuyas nuevas formas de malestar requieren una respuesta esclarecida y fundada en principios éticos que permitan hacer frente a lo real, a la angustia -“el afecto que no engaña”-. Entre la programación y lo que no puede programarse porque no puede escribirse, se juega la posiblidad de nuestra acción, cuyo cometido es hacer lugar a la singularidad, al misterio del ser hablante, favoreciendo los caminos en que las preciosas fuentes de su goce puedan alojarse en un lazo social al servicio de Eros.


[1] Daniel Roy retomó en su presentación de las Jornadas Cereda de 2010 este sintagma, localizado en una Conferencia de Lacan en Milán, donde afirma que dicho mal puede llegar a convertirse en un discurso. La obra de teatro homónima se estrenó con éxito rotundo en Viena, en 1926. Su autor, Theodor Tagger, judío, “uno de los autores más emblemáticos de los años 20”, la firmó con el seudónimo de Ferdinand Bruckner. Se estrenó en Madrid en 2010. Ver vilmacoccoz.com

[2] S.Freud, Múltiple interés del psicoanálisis. Biblioteca Nueva O.C Tomo II. Madrid, 1973. P. 1866-7.

[3] Ibid.

[4] “Ellos saben mucho sobre el lenguaje por anticipación, como lo ha señalado el lingüista, evidentemente saben los secretos de familia, saben de los deseos de sus padres, aunque más no sea por ser el síntoma de ellos, saben del deseo de los pedagogos; y no se engañan sobre el carácter de semblante de los saberes que se le imponen y sobre el halo de ignorancia que enmarca a dichos saberes y donde éstos encuentran asidero.” J.A. Miller, L’enfant et le savoir, en Peurs d’enfants. Navarin. Paris. 2011. Pág. 13. La traducción es mía.

[5] S. Freud, Psicoanálisis. Escuela Freudiana. Edit. Biblioteca Nueva OC Tomo III p. 2907

[6] Miller nos recuerda que en la etimología se encuentra ducere, y dux, el jefe.

[7] S.Freud, Tres ensayos para una teoría sexual. En O.C. Tomo II. Biblioteca Nueva. Madrid. 1973. Pág. 1207

[8] El subrayado es nuestro.

[9] Ibid.

[10] D. Roy, Fictions d’enfance. En La Cause Freudienne Nº 87. Navarin. París Pág. 12

[11] Freud da como ejemplos las teorías que adjudican a todos los seres humanos los mismos genitales, la teoría de la cloaca, la versión sádica del acto sexual de los padres, la concepción a través del beso, etc. La relación entre los padres viene a suplir el vacío de la representación: “la relación sexual no puede escribirse” es equivalente a decir que “la sexualidad es siempre traumatizante.” Lo traumatizante de la “escena originaria”, -el coito de los padres- no es la pura observación sino su impacto après coup. “Lo que en Freud es trauma en Lacan es axioma”. J.A. Miller, Causa y consentimiento. Paidós. Buenos Aires.2019. Pág.283.

[12] La teoría del falo como atributo universal condiciona este fracaso típico de la labor investigadora infantil..

[13] S. Freud, Tres ensayos… Ob. Cit. Pág. 1209

[14] J.Lacan, Seminario III Las psicosis. Paidós. Buenos Aires. 1984. Pág. 256. El subrayado es nuestro.

[15] Siguiendo los desarrollos de Miller en su Biología lacaniana. Lo real en la experiencia analítica. Paidós. Buenos Aires. 2003. Pág.

[16] J.Lacan, “muy prematura respecto a la pubertad fisiológica”. Los complejos familiares en la formación del individuo. En Otros Escritos. Paidós. Buenos Aires. 2012. P.56

[17] S. Freud, Tres ensayos para una teoría sexual. Op. Cit. P.1216

[18] P. Lacadée, Le Dit poétique d’un ange en exil. Ed. La lettre volée. Bruxelles. 2025. P.64

[19] Ibid.

[20] J.A.Miller, Una fantasía. El psicoanálisis Nº 9.2005. p.8

[21] Se resume en el axioma del fantama y se traduce en que una parte de nuestra existencia se reitera en calidad de resto excluido, como el reverso de  la operación de nuestra inclusión en lo simbólico a cada paso que damos en la resolución de las encrucijadas vitales y en la consumación de nuestras elecciones inconscientes.

[22] En el siglo XXI se ha exhacerbado esta dimensión a partir del estallido del género y la irrupción de lo trans en el campo de las llamadas identidades sexuales. Cfr, J.A.Miller y otros, El deseo trans. RBA.Barcelona. 2022

[23] Según leemos en el prefacio escrito por Sophie Pène, el cambio de su nombre y el rechazo de las mayúsculas significan dos actos de reapropiación de du identidad queer.

[24] D boyd, C’est compliqué.C&F éditions, France. 2016.P 37

[25] Op. Cit. 47

[26] Op. Cit. P.51

[27] Op. Cit. P. 52

[28] Op. Cit. 60

[29] Op. Cit. 56

[30] Se distinguen “…tres entornos sociales para conceptualizar la noción de tecnopersona, somos seres físico-biológicos pero también sociales (tribus, etniasen el primer entorno, la bioesfera; somos ciudadanos en el segundo, las ciudades y los Estados;  y desde hace pocos años estamos empezando a ser tecnopersonas, es decir, personas físicas y jurídicas cuyas acciones se desarrollan en un espacio-tiempo social posibilitado por las tecnologías digitales, al que denominamos tercer entorno, para marcar su relevancia y su diferencia respecto a los entornos humanos tradicionales” J. Echeverría y Lola Almendros, Tecnopersonas. Grama. Buenos Aires. 2023. P.84

[31] Fundadora y presidenta de Data& Society, es además socióloga de Michosoft Research.

[32] J.Lacan, Seminario 14 La lógica del fantasma. Paidós. Buenos Aires. 2023. P.142

[33] He comentado esta referencia en mi texto Adolescencias, entradas y salidas del túnel. En Adolescencias por venir. Gredos. Madrid. P.112

[34] D. Roy, Le harcèlement ou le rejet de la différence, En Enfants violents, Navarin éditeur. 2019. P 66

[35] “El analista sale de su consultorio, ya no permanece confinado en una posición clandestina, tras la barra. Se mezcla e la política, se inmiscuye en lo “social”, en las instituciones…”G. Caroz, En La práctica lacaniana en instituciones II. Grama. Buenos Aires. 2017. P-144

[36] J.Lacan, Seminario VII La ética del psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires. 1988. P.96

[37] Lacan in Italia 1953-1978. La Salamanddra 1978. O 32-55

[38] J.A. Miller, En dirección a la adolescencia. Carretel Nº 13. Nueva Red Cereda. P. 14

[39] Término perteneciente al universo tecno propuesto por Echeverría.

[40] D. Roy Zappeur Nº5

[41] “El saber está en el bolsillo, no es más el objeto del Otro.” J.A.Miller, En dirección a la adolescencia, Carretel Nº 13. Nueva Red Cereda. 2016

[42] Servidumbre voluntaria que se materializa en las condiciones impuestas por las empresas tecnológicas al “usuario” Echeverría, op. Cit. p105 y 132.

Vilma Coccoz.