Correr hasta hacerse un cuerpo

Publicado en Pliegues nº16 de las XXV Jornadas de la ELP «Cuerpos Adorados».

La aparición del libro de David Lladó Kilómetros infinitos[1] representa ciertamente un hito y merece ser destacado: es el primer testimonio escrito en nuestra lengua que viene a añadirse a aquellos que han contribuido a orientar nuestro abordaje clínico del autismo. En tal conjunto de singularidades, el nombre de David Lladó rubrica el recorrido para construirse un cuerpo, a través de una auténtica epopeya personal hasta conquistar una identidad propia, vinculada al “autismo, [la] ultradistancia y la carrera más exigente del mundo”, según versa el subtítulo de su libro.

La dedicatoria del autor, dirigida a “personas infinitas, que no caben en los moldes y crean sus propios caminos” evoca la firme reacción ante el precepto de encajar en un molde prescripto, aquél al que Lacan hizo referencia al referirse al imperativo procustiano de la moda.  Actualmente, la horma de Procusto[2] se infiltra también a nivel de la productividad y la eficiencia, de donde la cuestión existencial que se presenta para los autistas como una obligación de encajar en un mundo “capacitista” que no los acoge y los juzga, debiendo entonces someterse al masking o impostura; o resistir, de forma decidida y, en muchos casos, desesperada, ante las prescripciones impuestas, ya sean terapéuticas, educativas o sociales.

Una vez llegado a la meta, una carrera tan mítica como brutal de 246 Kilómetros entre Atenas y Esparta -el Spartathlon-, y luego de comprobar el alcance de sus efectos subjetivos, surgió en David Lledó la necesidad de compartirlo, a la pasión por la ultradistancia se añadió otra, la de contarlo en un libro.

Un nudo -lacaniano, nos atrevemos a decir-, se le impuso a partir de su experiencia: “autismo, ultrafondo, Spartathlon, tres palabras que, aunque distintas”, él no puede separar: “Tres hilos de una cuerda que solo resiste cuando se trenza.”[3]

Reconoce que desde su infancia “algo gravitaba hacia la resistencia”, mientras otros niños jugaban al fútbol, se agrupaban, competían “con una energía social que le parecía inalcanzable”, como si hablaran en un idioma incomprensible, él se dedicaba a dar vueltas a la pista de fútbol. Esa reiteración silenciosa le calmaba y ordenaba: “lo que para muchos era un simple patio, para mí suponía un territorio infinito, donde cada vuelta era una forma de quedarme quieto en movimiento.”[4] Más tarde llevaría a cabo la primera proeza, primero con amigos del barrio y luego solo, sin decir nada a nadie, ida y vuelta corriendo a 6 Km de su casa: “el miedo latía al compás de una euforia punzante”.[5] Durante 20 años permaneció como una corriente subterránea hasta que sucedió algo “donde empezó todo de verdad”: emprendió el camino de Santiago (423 km en 26 días).

“Los primeros días -dice- fueron un choque, no por la distancia sino por el silencio (…) pronto descubrí algo parecido a una forma de hogar (…) El cansancio no me hundía: me anclaba. El dolor físico no me espantaba: me afinaba. La fatiga me vaciaba de ruido. Y en ese vacío empezaba a encontrarme.”[6] Impulsado por ese enorme descubrimiento, se propuso “volver a sentir ese vacío lleno de sentido, ese silencio lleno de pasos.”[7] Una novedosa topología se anunciaba con el “encuentro con el vacío”. Un poderoso acicate que le impulsó a sumergirse “en el mundo del running como si acabara de descubrir una lengua secreta.”[8]

Extraordinaria declaración que ilustra uno de los aspectos destacados por Eric Laurent cuando refiere la necesidad de una discriminación fina entre fenómenos de borde y acontecimientos de cuerpo, y propone considerar estos últimos desde la perspectiva de la extracción de goce: “la inclusión de lo nuevo debe acompañarse de la extracción de otra cosa.”[9] Así podemos valorar el atravesamiento de una puerta simbólica al llegar a la meta de la maratón de Barcelona (42 km); cada zancada, afirma, le otorgaba la llave a algo más grande que el propio cuerpo, el acceso al vacío luminoso. “Correr era una forma de habitar mi cuerpo, de escucharme, de mirar al mundo; una forma de estar (…) el lugar donde por fin era yo.”[10]

Pero fue fundamental la contingencia del encuentro con una “imagen que encendió el fuego” de su pasión: una fotografía le atrapó como un rayo, en tanto, es posible deducir, se aloja en ella la función del doble: “Un corredor solitario, demacrado, avanzaba bajo un sol aplastante en una carretera sin final.”[11]

A la potencia de esa imagen vendrá a añadirse el propósito de emulación de otro personaje vinculado a una historia mítica: En el año 490 a. C. ante la temida y próxima invasión de Atenas por parte de Darío I, rey de los persas, ya desembarcados en Maratón, el general Milcíades envía al mejor hemeródromo, Filípides, para pedir ayuda a Esparta, quien recorrió los 240 Km en dos días. En el año 1982 un oficial inglés fascinado con la figura del ateniense quiso rendirle tributo y luego de 37 horas y 37 minutos llegó a los pies de la estatua de Leónidas en Esparta. Fue el inicio de la Spartathlon.

Este libro aporta los detalles de la preparación de esa gesta, asociados a características propias del funcionamiento autista, como el hiperfoco, que se convierte en un superpoder en la ultradistancia, unido a las rutinas y el afán de precisión, a modo de anclas externas, funcionan como un borde eficaz para el cuerpo apedazado[12].

“En esas largas horas de carrera dejo de sentirme limitado, mi manera de ser encaja por completo (…) no tengo que adaptarme (…) Para mí correr es una manera de estar en el mundo, un modo íntimo y auténtico de habitarlo.”[13] Ya no necesita disfrazarse, afirma, en ese espacio conquistado, donde iteran las huellas de las primeras experiencias infantiles, ha podido acceder a una manera de ser y estar sin imposiciones.

Así transmite su íntima emoción: “el autismo y la ultradistancia comparten el silencio interior, esa voz que no siempre se entiende pero que insiste, ese cuerpo que habla en su idioma, ese viaje hacia adentro.”[14] Pero ese auto-tratamiento no es sin los otros:  el compañerismo, la pertenencia a la tribu de corredores de diversos países, la compañía cercana, durante el trayecto, de voluntarios que les asisten y de entusiastas admiradores, orgullosos de esta gesta sin otro premio que la llegada. A ello se añade la decisión de contarlo, de participar a los demás los signos de lengua secreta obtenida de un saber hacer, en un discurso donde su cuerpo ha encontrado el hábitat adecuado, y la satisfacción del acceso a “la belleza primordial de esta danza interminable entre la soledad absoluta y la conexión humana.”[15]


[1] D. Lladó, Kilómetros infinitos. Plaza & Janés. Barcelona. 2026

[2] Trátase de un personaje de la mitología griega que ofrecía un cobijo a los paseantes o visitantes que necesitaban pasar la noche en sus tierras. La cama era, en realidad, un molde al que intentaba ajustar a sus huéspedes: si eran más altos les cortaba un pedazo, si eran más pequeños los estiraba, rompiéndolos también.

[3] P.33

[4] P. 34

[5] P. 35

[6] P.37

[7] P. 39

[8] ibid

[9] E. Laurent, La batalla del autismo. Grama. Buenos Aires. 2012. P.85

[10] P. 41

[11] P. 77 “solo una recta infinita que atraviesa la voluntad, que cruza el tiempo y el cuerpo hasta romperlos.”

[12] Expresión de Eric Laurent.

[13] P. 142

[14] P. 191

[15] P.162

Texto: Vilma Coccoz